Artículo de Javier González de Lara, presidente de CEM – Publicado en La Opinión de Málaga el 28 de febrero de 202
Andalucía vive un momento decisivo. Tras años de transformación económica y social, nuestra comunidad ha consolidado una posición de mayor fortaleza, competitividad y proyección exterior. Nada de ello ha sido fruto de la casualidad. Detrás de cada avance, de cada dato positivo y de cada oportunidad generada, hay esfuerzo, visión y compromiso compartido. Y en ese proceso, la empresa andaluza ha desempeñado un papel esencial como motor de progreso, cohesión y estabilidad.
Vivimos tiempos complejos. La incertidumbre y la tensión condicionan nuestro escenario económico actual, obligando a las empresas a adaptarse de manera constante a nuevos desafíos. No siempre es fácil planificar, invertir o generar empleo ante un contexto tan cambiante. Y, sin embargo, la empresa andaluza ha vuelto a demostrar su fortaleza, manteniendo su actividad, abriendo nuevas vías de crecimiento.
Somos la segunda región española en número de empresas, con más de 550.000. Hemos alcanzado cifras récord de trabajadores autónomos, consolidamos datos históricos de creación de empleo y escalamos posiciones como exportadores. Estos datos no son solo indicadores económicos; son la prueba de una sociedad dinámica que confía en la iniciativa empresarial como vía para prosperar. Detrás de cada cifra hay proyectos valientes y equipos humanos que apuestan por innovar, internacionalizarse y generar oportunidades, incluso, en escenarios adversos.
Málaga es un magnífico ejemplo. Nuestra provincia se ha convertido en uno de los grandes polos de atracción empresarial del sur de Europa, como referente tecnológico, turístico, cultural, logístico o agroalimentario. El ecosistema innovador que ha florecido en la capital y en el conjunto de la provincia convive con sectores consolidados que siguen creando empleo y riqueza. Ese dinamismo responde a una cultura emprendedora sólida y a una colaboración eficaz entre el ámbito público y el privado, que genera oportunidades para el conjunto de Andalucía.
Porque la empresa no es un ente abstracto. Está en el comercio de proximidad, en la industria exportadora, en la startup tecnológica, en la empresa familiar que pasa de generación en generación. En un sencillo local o en los grandes centros de trabajo. En el campo o en la ciudad. Y responde siempre.
Lo hemos comprobado ante situaciones de emergencia, como el reciente accidente ferroviario o las inundaciones y tormentas que han afectado a distintos puntos de nuestra comunidad. En esos momentos, las empresas activan recursos, movilizan equipos y aportan logística y solidaridad. No miran hacia otro lado. Están junto a la sociedad, contribuyendo a recuperar la normalidad, a reconstruir lo dañado y a sostener la actividad económica cuando más se necesita.
A menudo hablamos de responsabilidad social empresarial, de sostenibilidad o de voluntariado. Y es justo hacerlo. Pero el mayor impacto social de la empresa es su propia actividad: la creación de empleo, la generación de riqueza, la formación de sus equipos, la innovación que mejora nuestra calidad de vida y la inversión que impulsa infraestructuras y servicios públicos. A más empresas, más oportunidades; a más empresa, mayor cohesión social.
No es casualidad que la ciudadanía andaluza reconozca ese papel. El último informe Edelman sitúa a la empresa como la institución que más confianza genera en Andalucía. El 64% de los andaluces cree que las empresas harán lo correcto y el 77% confía en su propio empleador. Son datos que nos honran y nos obligan a seguir actuando con ética, transparencia y responsabilidad, reforzando ese vínculo de confianza con la sociedad.
En un tiempo de polarización y crispación, Andalucía representa un espacio de estabilidad y sentido común. Aquí hemos demostrado que el diálogo social es útil para alcanzar acuerdos que beneficien al conjunto de la ciudadanía y que la concertación es más eficaz que la confrontación permanente. Frente al conflicto, defendemos la cultura del pacto; frente al ruido, la responsabilidad; frente a la división, la unidad en torno a objetivos compartidos.
Eso no significa renunciar a reivindicar lo que consideramos justo. Las empresas necesitan seguridad jurídica, simplificación administrativa y un entorno que incentive la inversión y el crecimiento. Necesitan respeto institucional y reconocimiento social. Detrás de cada empresa hay personas que arriesgan, que generan empleo contribuyendo de manera decisiva al impulso del bienestar colectivo.
Pedimos apoyo para seguir creciendo. Pedimos confianza en la iniciativa privada. Pedimos que se eliminen trabas innecesarias que penalizan nuestra competitividad. Y pedimos, sobre todo, libertad.
Libertad para emprender, para innovar y para competir en igualdad de condiciones. Libertad para que el talento joven encuentre en Andalucía oportunidades de desarrollo profesional y vital. Libertad para que nuestras empresas sigan llevando la marca Andalucía a nuevos mercados y reforzando nuestra posición en el mundo.